Obsesión es esclavitud temporal del pensamiento, imantando a deudores y acreedores, que inconscientemente o no se buscan por leyes cármicas. Por el pensamiento nosotros nos liberamos o nos esclavizamos. El hombre no ha sabido utilizar el pensamiento. Solamente ahora se entera de sus propias potencialidades. Solamente ahora comienza a descubrir que él es el que piensa. Que sus pensamientos son él mismo, esto es, expresan su individualidad, la esencia misma de lo que realiza, con todas las particularidades que integran su personalidad.

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Obsesado – Obseso. Molestado, atormentado, perseguido. Individuo que se cree atormentado, perseguido por el Demonio. Las pruebas que lo afligen representan una oportunidad para el reajuste, alertándolo para que se moralice, ya que sintiéndose incitado por el verdugo espiritual, más deprisa se concienciará de la grandiosa tarea que debe realizar: transformar el odio en amor, la venganza, en perdón, y humillarse, para ser perdonado también.

 En una regresión puede saltar un espíritu obsesor

Es importante dejar bien claro que no se debe confundir y generalizar, afirmando que todo es obsesión, que todo es provocado por la obsesión, como tampoco se debe atribuir a todas nuestras dificultades la acción de los Espíritus perturbadores.

Obsesor. Aquel que causa la obsesión; que inoportuna. El obsesor es una persona como nosotros. No es un monstruo teratológico salido de las tinieblas, donde tienen su sempiterna morada. No es un ser diferente, que sólo vive de crueldades, ni un condenado sin remisión por la Justicia Divina. No es un ser extraño para nosotros. Por el contrario. Es alguien que se privó de nuestra convivencia, de nuestra intimidad, con quien tuvimos, de pronto, estrechos lazos afectivos. Es alguien, tal vez, a quien amamos otrora. O un ser desesperado por las crueldades que recibió de nosotros, en ese nublado pasado, que la bendición de la reencarnación cubrió con los velos del olvido casi completo, para nuestro propio beneficio. El obsesor es el hermano a quien los sufrimientos y desengaños desequilibraron, ciertamente con nuestra participación. Muchos, por desconocimiento, transfirieron para el propio obsesor los atributos del propio demonio, si este existiese. ¿Sin embargo, cuántos de nosotros no cometimos ya esas mismas atrocidades que él comete ahora? ¿Cuántos de nosotros no alimentamos odios semejantes? ¿Quién está libre o exento de traer en los repliegues de la conciencia la misma inimaginable tortura de un amor desviado, enfermizo, que se hizo odio y se convirtió en una taza de hiel? ¿Quién puede decir cuál sería nuestra reacción si viviéramos los tormentos que corroen las profundidades del alma? El odio sólo en el amor tiene la cura. Es el antídoto que anula los efectos maléficos, que neutraliza y, sobre todo, transforma para el bien. Generalmente, es el odio el que impulsa al ser humano a la venganza. Es siempre un desagravio que se pretende tomar, como quien está pidiendo cuentas a otro de los actos juzgados dañinos a sus intereses. La figura del obsesor realmente impresiona, por los perjuicios que su aproximación y sintonía pueden ocasionar. Y de esto saca partido para más fácilmente asustar y coaccionar a su víctima. Y esta, en razón de su pasado, presenta los acondicionamientos que facilitan la sintonía y que se encuentran en lo más recóndito de su ser, como el miedo de esa confrontación inevitable y la certeza de la propia culpa, que la hacen fácil presa del verdugo de ahora. No es fácil al obsesado amar a su obsesor. No es fácil perdonarlo. Pero esto es lo que se necesita aprender.
El obsesor es, en conclusión, un hermano enfermo e infeliz. Dominado por una idea fija (monoideismo) de vengarse, se olvida de todo y pasa a vivir en función de aquel que es el objeto de sus planes. Y en la ejecución de ellos se agravará proporcionalmente de acuerdo con las torturas que le infrinja al otro, lo que acarreará para sus días futuros pesadas cargas o tributos de las cuales no conseguirá escapar sino a través de la reforma íntima. En ninguna etapa de su proceso de venganza encontrará la deseada felicidad y alegría, ni la tan anhelada paz, pues el mal que ejecuta es generador de desequilibrios, frustraciones y de insoportable soledad. Existen obsesores de gran cultura y que, por eso mismo, ejercen amplio dominio sobre Espíritus ignorantes e igualmente perversos o endurecidos que a ellos se vinculan. Son las comparsas o compañías que necesitan para la ejecución de sus planes, y quienes están igualmente sintonizados en el mismo nivel de intereses. Los obsesores, sin embargo, no son totalmente malos, es preciso decirlo. Como tampoco, ninguno es absolutamente malo. Son, sencillamente, seres enfermos del alma. Poseen el germen de la bondad, y muchos otros recursos que se encuentran sofocados, adormecidos. Obsesores y obsesados son personas como nosotros. Son seres que sufren porque se desviaron. Carecen de afecto, comprensión y amor. Seres infelices para quienes el Espiritismo ofrece consuelo y esperanza para una nueva vida de amor y paz.

 No todo obsesor tiene conciencia del mal que hace. Existen aquellos que actúan por amor, por celo, pensando ayudar o deseando estar cerca de su ser amado.

Consciente o inconscientemente, valiéndose de astucias y sutilezas, el obsesor siempre actúa aprovechándose de las fallas morales que encuentra en su víctima. Los acondicionamientos del pasado son como imanes que atraen, que favorecen la imprescindible conexión al proceso obsesivo, que tanto puede comenzar en la cuna, como en la infancia o en cualquier etapa de la existencia por parte de aquel que lo considera objeto de su interés. Existen obsesiones que continúan en la Tierra, provenientes desde el plano espiritual. Abundan casos, en el que la acción del verdugo espiritual se inicia en determinada época, presentándose de manera declarada, u ostensiva o de modo sutil, o casi imperceptible, la que crecerá hasta el punto en que se caracteriza perfectamente el problema. Actuando “sutilmente”, el obsesor utiliza todos los recursos a su alcance. Sabe, que el dominio ejercido sobre su víctima tiene sus raíces en los dramas del pasado, en los que ambos se enredaron, generando compromisos de parte y parte. Es conocedor de su carencia de estudio, que podrá interferir con su pensamiento en la mente de aquel que persigue y también que la constancia, y la repetición ejercerán una especie de hipnosis, que el miedo y el remordimiento le favorecen, consiguiendo así una sintonía cada vez mayor, hasta llegar a la subyugación o posesión, dependiendo de la gravedad del caso y de las deudas que comprometen a los personajes.
No siempre las actuaciones del obsesor son frías y calculadas. No siempre actúa con premeditación y excesiva crueldad. Hay obsesiones, sí, que presentan esas características, mas no todas. Existen aquellas en las que el verdugo actúa como enloquecido por el dolor, por la angustia y los sufrimientos. No tiene las condiciones para razonar con claridad y sufre, de pronto, más que el obsesado. Su acción es desordenada, irreflexiva y solamente sabe que debe o tiene que pedir cuentas o vengarse de aquel que lo hizo infeliz. No tiene noción de tiempo, de lugar, a veces, se olvida de su propio nombre enloquecido por las torturas que le causaron. Muchos no tienen conciencia del mal que están practicando. Pueden ser utilizados por obsesores más inteligentes, más crueles, que los atormentan, obligándolos a su vez, a atormentar a los que son objeto de odio y venganza. Obsesores que también pueden ser obsesados.
Se concluye, que hay obsesores que mandan y dirigen a otros obsesores, los que pueden ser sus cómplices por voluntad propia o una especie de esclavos, dominados por procesos análogos a los usados con los obsesados encarnados.
Por medio de la Hipnosis se logra recomponer el universo simbólico del obsesado, produciendo, por lo tanto una resignificación de su padecimiento, de sus relaciones con el otro y de su destino. Se produce en esta práctica entonces, la “eficacia simbólica” del ritual de sanación, en relación a la idea de recuperación del paciente. La enfermedad no requiere siempre de una cura inmediata, tanto desde la óptica de los terapeutas como desde quienes la padecen. El ritual no se reduce simplemente a otorgar una sanación rápida, ya que aquí nuevamente ingresamos al plano de la importancia de la evolución del espíritu, y de las pruebas y expiaciones por las que se debe atravesar para lograr la plenitud. La enfermedad y su tratamiento toman en consideración, no sólo el presente de la persona sino, y fundamentalmente, lo pretérito (vidas pasadas) y lo futuro como aspectos relevantes y responsables del padecimiento.

• Jesús explica a los discípulos el motivo por el cual no habían conseguido “expulsar el espíritu inmundo”, habiendo dicho: “Esta casta no puede salir con cosa alguna, a no ser con oración y ayuno.”
• “Si los amáramos, en lugar de rechazarlos, si deseáramos socorrerlos en lugar de desterrarlos, todo podréis hacer, pues todo cuanto yo hago, vosotros lo podréis hacer y mucho más…”
• “Para ellos, — poseído y poseedor — sólo la oración del infatigable amor y el ayuno frente a las pasiones consiguen mitigar la sed que padecen mutuamente, entregándolos a los trabajadores de la Obra de Nuestro Padre, que en toda parte está cooperando con el amor constantemente.”
• “Orad uno por los otros, para que os sanéis, porque la oración del alma justa mucho puede hacer.” Apostol Santiago
• El obsesado sólo obtendrá libertad cuando se disponga a promover su propia autodesobsesión. Todo se logra por medio de la Oración a Dios Todopoderoso.

El ser humano no se preocupó lo suficiente, o no despertó para esa increíble fuerza que trae en lo íntimo del alma: la Voluntad. Se acostumbró, sí, a tener mala voluntad para todo lo que exija trabajo, perseverancia, esfuerzo y abnegación. Como todas las demás potencialidades latentes en nosotros, la voluntad, para la gran mayoría, es solamente accionada en aquello que nos sea fácil, menos costoso o, lo que es peor, para destruir. A los que padecen de problemas obsesivos, se les debe esclarecer que es muy esencial su propia participación en el tratamiento y que de ellos mismos dependerá, en gran parte, el éxito o el fracaso en alcanzar la cura. La primera providencia será la de cambiar la dirección de los pensamientos. Modificar el estado mental es despejar y oxigenar la mente, higienizándola con pensamientos sanos, optimistas, edificantes. Es sustituir las reflexiones depresivas, mórbidas, que conlleven tedio, soledad y tristeza por pensamientos contrarios a este estado inferior, en un ejercicio constante, de diaria renovación, aprendiendo a mirar la vida con ojos optimistas, llenos de coraje y, sobretodo, plenos de esperanza.
Crearle conciencia al enfermo sobre este punto es muy fundamental, para que él comprenda su participación en el proceso de desobsesión, en su autodesobsesión, cuando simultáneamente se realicen los trabajos desobsesivos en el Centro Espírita, dentro de las reuniones especializadas. Cuando el paciente presenta las condiciones, todas las nociones que la Doctrina ofrece deben ser gradualmente dadas, recordando que esa es una tarea que demanda tiempo y paciencia, perseverancia y amor.

• “Por cuanto. Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; carecía de techo y me hospedaste; estuve desnudo y me vestisteis; me encontré enfermo y me visitasteis; estuve preso y me fuiste a ver. En verdad os digo, todas las veces que eso hicisteis a uno de estos, pequeños hermanos míos, fue a mí a quien lo hicisteis.” — Jesús. (Mateo, 25: 35, 36 y 40)
• Todos necesitamos trabajar en los servicios de amor al prójimo. Hay mucho dolor en la Tierra. Dolor girando a nuestro alrededor que crece y aumenta dominando a los seres humanos.

El problema del obseso no es aislado, y no es sólo de él. Su grupo familiar tiene profundos vínculos que los entrelazan. Por consiguiente, en la medida de lo posible la familia debe recibir orientaciones que esclarezcan en cuanto a su conducta y participación en el tratamiento del obsesado. Este, comúnmente sufre restricciones en el círculo familiar, ya que es raro encontrar en los parientes el entendimiento y la razón de los problemas que lo afligen. Un gran número de obsesados proviene de familias que no aceptan el Espiritismo y mucho menos la idea de que el mal sea provocado por los Espíritus. Tal incomprensión es un problema más que el enfermo enfrenta y contra el cual tiene que luchar. Sin embargo, cuando existe realmente amor, uno o varios miembros de la familia aceptan la situación, buscan comprender y hasta ayudar, demostrando con esa actitud que aman sin preconceptos e imposiciones. Tal aceptación favorece al paciente y, obviamente, la aplicación de la terapéutica desobsesiva.
“No es raro en el hombre ser el obsesor de sí mismo”. Tal hecho, muy pocos lo admiten. La gran mayoría prefiere lanzar toda la culpa de sus tormentos y aflicciones a los Espíritus, librándose, según creen, de mayores responsabilidades. Tales personas se encuentran junto a nosotros. Son los enfermos del alma. Visitan los consultorios médicos en busca de diagnóstico imposible para la medicina terrena. Son obsesores de sí mismos, viviendo un pasado del cual no consiguen huir. En la bodega mental están vivos los recuerdos de los fantasmas de sus víctimas o se encuentran con los que fueron sus cómplices y que, casi siempre les reclaman el sostenimiento del connubio degradante de otrora. Los auto-obsesados graves se presentan porque están subyugados por obsesiones lamentables. Son los enemigos, las víctimas o las comparsas que le golpearon a las puertas de su alma. Existen también aquellos que son portadores de una auto-obsesión sutil, más difícil de ser detectada. Actualmente, es una molestia que se está extendiendo de manera significativa.
Es incalculable el número de personas que asisten a los consultorios, quejándose de los más diversos males – para los cuales no existen medicamentos eficaces – y que son típicamente portadores de una auto-obsesión. Son cultivadores de “molestias fantasmas”. Viven interiorizados, preocupándose en exceso por su propia salud (o en su defecto, descuidándola), descubriendo síntomas, dramatizando los acontecimientos más triviales del día a día, sufriendo con anticipación situaciones que jamás llegarán a cumplirse, azotándose con el celo, la envidia, el egoísmo, el orgullo, el despotismo y transformándose en enfermos imaginarios, víctimas de sí mismos, atormentados por sí mismos. Ese estado mental abre el campo para que los desencarnados menos felices, que de él se aprovechan se aproximen, e instalen allí, el desequilibrio por obsesión.
La existencia de factores que la predisponen facilita la aproximación de los obsesores, que, de alguna manera, necesitan descubrir el momento propicio para establecer una completa y deseada sintonía. Este momento tiene por nombre invigilancia. Es la puerta que se abre para el mundo íntimo, facilitando la incursión de pensamientos extraños, cuya finalidad es siempre la convivencia degradante entre mentes desequilibradas, el inevitable encuentro entre el acreedor y el deudor, los cuales no consiguieron resolver sus divergencias por los caminos del perdón y del amor. Es el instante en que el cobrador, finalmente, toca las puertas del alma de quien le debe. Y, siempre lo hace, en esas circunstancias, por la agresión, que se presentará vestida de sutilezas, obedeciendo a un plan hábilmente trazado o de manera frontal para aturdir y desequilibrar de una vez a la víctima de hoy. Existen muchos momentos de falta de cuidado, de protección. Todos los tenemos en innumerables ocasiones. Citaremos algunos de esos estados emocionales que representan invigilancia en nuestra vida: rebeldía, odio, ideas negativas de cualquier especie, depresión, tristeza, desánimo, pesimismo, celo, miedo, avaricia, egoísmo, ociosidad, irritación, impaciencia, maledicencia, calumnia… Si estos estados de falta de resfuardo pasan a ser constantes, repitiéndose y volviéndose una actividad habitual, ahí, obviamente, estará configurada la predisposición para el proceso obsesivo. Recordémonos de que cualquier idea fija negativa que nos perturbe emocionalmente, es siempre señal de alarma.
Encontrando en su víctima las condiciones y predisposiciones disponibles y las defensas debilitadas, faculta al obsesor para instalar su onda mental en la mente de la persona que persigue. La interferencia se da por proceso análogo tal como acontece con la radio, cuando una emisora clandestina pasa a utilizar la frecuencia operada por otra, perjudicándole la transmisión. Esa interferencia estará tanto más asegurada cuanto más fuerte, potente y constante ella se presente, hasta sofocar por completo los sonidos emitidos por la emisora burlada. El perseguidor actúa persistentemente para que se efectúe la conexión, la sintonía mental, enviando sus pensamientos, con una repetición constante, hipnótica, a la mente de la víctima, que, incauta, invigilante, los asimila y los refleja, dejándose dominar por las ideas intrusas. Se produce entonces, afinidad entre las auras de ambos, una identificación, cuyas raíces se encuentran en los compromisos del pasado, posibilitando la sintonía inicial, que, por carencia de méritos morales del paciente, se transforma en obsesión. Inicialmente, es una idea que el perseguidor emite y que, repetida, acaba por fijarse, perturbando el flujo del pensamiento de quien está siendo señalado como objeto de persecución. Teniendo la libertad de escoger para rechazar o aceptar los pensamientos intrusos, la víctima generalmente se deja dominar, se vuelve pasiva, por traer en los repliegues de la conciencia la sensación de culpa o, conforme sea el caso, por complacerse en el matrimonio mental que se está instalando. El obsesor actúa ansiosamente, hasta alcanzar a través de la perseverancia, la persecución sin tregua, y la acción constante de su voluntad, someter y subyugar a su deudor.
Cuando ultrapasan el límite de simples influencias, echando raíces en la mente de la víctima que pasa a vivir bajo el dominio casi total del obsesor, las obsesiones asumen carácter de subyugación o posesión y ocasionan serios daños en el organismo del obsesado. Aparecen, variados disturbios, difíciles de ser diagnosticados con precisión e imposibles hasta de ser constatados. Bajo una severa reflexión, verificaremos que los problemas que afectan al obsesado son bastante complejos y dolorosos. La obsesión es la esclavitud momentánea de pensamiento, cuando se presenta impedido para manifestarse libremente, como consecuencia de la onda mental que lo oprime y perturba, impidiendo su expansión y su vuelo. Cualquier cautiverio es doloroso. El cautiverio físico presenta la posibilidad de dejar libre el pensamiento del cautivo. En la obsesión, hay total esclavitud. Es la peor forma de servidumbre. La más torturante. Es también la que más toca nuestro corazón. Cuando una criatura cae en las redes del cautiverio físico, mantiene libre su pensamiento, que de muchas maneras se proyecta en sueños, fe y esperanzas, haciendo el encierro material más soportable. Pero, en los procesos obsesivos graves, la persona se presenta aparentemente libre, cuando en realidad, está es encadenada, subyugada, mentalmente dominada por los seres invisibles que detienen el vuelo del pensamiento, esto es, de la manifestación de la propia esencia de la individualidad, el Espíritu. Ese confinamiento, esa prisión, es de la más triste, oscura y solitaria, es pues, la más cruel y la que más hace sufrir.
Realmente, el obsesado es un prisionero en todo sentido, vencido por el peso de tormentos indescriptibles que él mismo engendró y avanza en su áspera jornada, intentando evadirse de la misteriosa celda en donde gime y llora, deseando el claro sol de la libertad.
El miedo que experimenta la descompone síquicamente, haciéndola vivir en un clima de constante pesadilla, del cual no consigue salir. Si intenta actuar, gritar, reaccionar, no tiene fuerzas, no puede comandar su propio comportamiento y se ve perdida en una maraña de ideas enloquecedoras, sabedora de que no son suyas y a las cuales tiene que obedecer porque se siente dominada en todos los centros de registro de su ser. Al permanecer en ese estado, se lesiona su organismo físico, produciéndose verdaderas enfermedades. De tal manera, la obsesión puede traer como consecuencia, entre otras, la locura, la epilepsia, la esquizofrenia, y conducir al suicidio o a los vicios en general.

Resumiendo, diremos: se configura la obsesión cuando alguien, encarnado o desencarnado, ejerce sobre otro una fuerza mental negativa – por cualquier motivo – a través de la simple sugestión, inducción o coacción, con el propósito de dominar, proceso este que se repite continuamente. Y, por consiguiente, tendremos el obsesor y el obsesado.

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